Para la filosofía hindú, los colores púrpura o negro representan el elemento akasha, el cual es referido como «un espacio», esencia de vacío o vacuidad que esta pleno de qi, prana, ki, chi o plasma, es decir energía de vida. Para iniciar este camino de despertar de la consciencia y la transformación, es necesario estar vacío; es decir, vacío de patrones, juicios preconcebidos y de emociones como son el miedo, la ira o la tristeza. Es importante tener claro que estar vacío de estas emociones en ningún momento significa negarlas; por el contrario, significa mirarlas y asumirlas sin juicios para liberarlas, integrándolas como parte de tu aprendizaje.

El elemento akasha está representado con los colores púrpura o negro, los cuales son símbolo del drama, el paso a lo desconocido o la transformación. Este principio de vacuidad o vacío es un espacio indispensable en todo ser humano para iniciar un verdadero camino de despertar de la consciencia y de transformación. Es necesario rendir o vaciar algo en ti para que puedas iniciar un proceso de observación y autoconocimiento.

Como en un lienzo antes de ser pintado, este espacio o aparente vacío permite que una nueva pintura nazca. Se dice que el vacío como tal no existe porque el vacío es ese espacio incognoscible que contiene el origen de todo, la forma no manifestada del sonido que significa la fuente de vida; es decir, la vida misma impregnando todo lo que existe. Esta vacuidad, por el contrario, está colmada de la energía akasha o éter, que es de lo que está compuesto todo en el universo, lo manifestado y lo no manifestado. La filosofía hindú dice que el akasha es la existencia misma que penetra todo, como el inicio y el fin.

La energía no está quieta, cambia, se transforma, muta o vibra. A esta mutación, vibración o sonido, se le ha atribuido el origen y expansión del universo. En las diferentes filosofías orientales, especialmente en la hindú, este sonido primigenio es llamado shabda; es decir, la vibración del sonido primordial emerge antes de que el sonido tome forma en el oído y se exprese a través de la voz. El sonido y el akasha son inseparables. Por tanto, y debido a su relación tan íntima, el oído es considerado como el órgano de los sentidos asociado con el elemento akasha.

Asimismo, en la filosofía hindú la repetición de sonidos sagrados se denominan bijas mantras o mantras, de los cual el más conocido es el OM o A-U-M. Se trata de repeticiones de estos sonidos sagrados en sus diferentes vaivenes y vibraciones. Por tanto, el sonido crea las formas.

Este primer paso te invita a generar un estado de vacuidad en ti. Para que esto sea posible, es indispensable rendirse para que, al igual que en un lienzo en blanco, pueda nacer una nueva pintura, así el ser humano, libre de ego, libre de identificación con el sufrimiento y con una mente dispuesta a rendirse ante «ese algo más grande» que su mortal humanidad. Así se permite ser transformado al ser la mente reemplazada por una mente colmada de pensamientos en conexión con la fuente.

Rendirse es sinónimo de confiar, y conlleva un acto de humildad que nada tiene que ver con desvaloración de lo que eres, sino al contrario, es reconocer que no eres lo que tú crees ser, tu ego cree, que estas siendo asistido, que el universo te cuida, protege, y que si estas e sincronía y conexión divina, todo estará a tu favor.

Muchas veces, esta rendición solo ocurre cuando estás realmente cansado de todo, cuando has probado muchas técnicas, cuando has andado muchos caminos sin llegar a ningún lado, cuando nada te ofrece esperanzas y cuando miras el mundo caótico y dices «basta», cuando el miedo te carcome internamente, cuando la desilusión te consume, cuando algo amado desaparece o cuando finalmente sabes con certeza que no hay nada que puedas hacer para cambiar una situación por tu propia cuenta, pues eres consciente de que necesitas ayuda y clamas por esta; esto es rendirte.

Cuando realmente estés exhausto de toda búsqueda, cuando te des cuenta de que no hay nada que puedas hacer por tu propia cuenta para solucionar el caos de este mundo o, inclusive, tu propio caos, cuando sientas que realmente has llegado al límite, entonces es allí el momento para parar tu carrera loca y rendirte.

Pero quizá te estarás preguntando: «¿Rendirme a qué? ¿A quién?» De acuerdo con mi propia experiencia, el acto de rendirse comienza cuando te das cuenta de que no tienes el control de nada, de que existe algo más grande que tú mismo a cargo. A «ese algo» le puedes llamar vida, fuente de vida, fuente de toda creación, Tao o Dios, no importa el nombre.

Una vez te hayas rendido a «ese algo» más grande que tú, viene la humildad de voltear la mirada a aquello que te han dado la vida tus padres, porque gracias a ellos, a la vida que te prodigaron, tú estás aquí leyendo, buscando algo, viviendo.

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